sábado, 18 de febrero de 2017

Función irracional

Nada. Esta vez. Nada.

El telón se soltó y ahogó todo el escenario. Ya no respiraban ni actores, ni guion, ni decorado. Las luces explotaron ante tan alta tensión. Y a lo que se detuvo a mirar, en esa habitación ya no quedaba nada. Ni oxígeno ni nitrógeno ni argón. Solo el eco de sus suspiros. Solo el agobio de sus pasos. Desesperados por salir de ese declive tortuoso. Hasta que ellos también cedieron perdidos. Las fuerzas para luchar se desvanecieron en un mar seco, negro y muerto.

El temor tomó el timón de su cabeza. Se bloquearon puertas, brazos y palabras. Se esfumaba el brillo amarillo. Solo perduraba una anestesiada sonrisa en esa piel descuidada. Un último intento de protegerse del resto. Experta en alejar a los que se atrevían a asaltar su muro. Y así se quedó sola en el castillo. Entre hielo y oscuridad. Y allí en la calma de su tormenta interior, entre cartones de miedos y malas jugadas, fue artífice de su torpe confesión.

No, ella nunca había sido normal. No en sus recuerdos, al menos. Nunca había conseguido encajar en ningún puzle social. No por algo especial, sino por todo en general. No volaba tan grácil ni saltaba a la aventura. Soñaba con ser distinta pero añoraba ser normal. Tenía tanta imaginación que inventó sus propios miedos. Era tan trabajadora que construyó sus propias barreras. Y tan cauta que marcó sus propios límites. Sí, ella solita hizo todo. Ella solita se encerró en su asfixiante jaula de criptonita. Soñaba con estar protegida, pero añoraba la libertad. Poseía el poder de la lupa. Veía al detalle. Y analizaba cada átomo, desconfiando de cada quark. Magnificaba todo, fuera bueno o malo. Decía que no podía sentir, para convencerse de que era fuerte. Pero por dentro sus migajas se disolvían en lágrimas agridulces.

Y en aquella cuadriculada función, inventó su papel, donde la "x" no tenía solución. Se nublaba todo sentido. Diluviaba en su cabeza. Ya no atendía a las exigencias del guion. Había creado su propio monstruo. Se había creído su propio horror. Nutrida por sus miedos. Desnutrida de esperanza. Quemó los decorados. Espantó a los actores. Y, al final, saltó (con) el telón.

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