viernes, 10 de marzo de 2017

Ni purpurina ni pitufos

La ira, hija del dolor. Que bien sabe la gente que cuando se desgarra el orgullo, quema el alma. Señor de las mil palabras. Las pasadas, deshechas como hielo en mis mejillas. Las presentes, asesinas como manzana de Blancanieves. Pero mis dientes no muerden el veneno de tus labios. Ya no tragaban más fraudulenta purpurina. Y hoy cada silencio pincha tu aliento hiriendo tus yugulares suavemente...

Por donde nadan rencores cobardes inauditos. Se van pudriendo tus latidos cada noche sin tu luna. Va sonando la verdad de tu esencia esclava del honor. Van ganando tus insensatos instintos de animal depredador. Sustituyendo oxígeno por venganza incoherente. Dolor que levantas con tu furia delirante. No te cansas de morder. Aunque te arranques tus propias carnes inhumanas. Aunque devores la poquita luz que emanaba de ti. Aunque robes vidas y vivas de mentiras ponzoñosas.

Tus manos yacerán frías, títeres en el teclado. Delante una pantalla azul con el rol de guardaespaldas. La ira, hija del dolor, asumió el timón sin rumbo. Fantasma en todos los sentidos. No hay control. Sí hay temor. Miedo a aceptar que perdiste. Miedo a olvidar y que te olviden. Ya ves que no siempre hay partido de vuelta, ni se remontan tantos goles.

Miedo que duele, dolor que aterra. Bucea en tus rabiosas paranoias...¿tú quién eres?

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