Dónde.
Dónde murió el impulso. Dónde perdí las ganas. Dónde guardé el aliento de repuesto.
Dónde olvidé el momento. Dónde advertí que no podía hacerlo. Dónde crujió el último latido. Dónde se había escondido el miedo que me estruja de nuevo.
Dónde cambié el rumbo. Dónde me encontré si ya me hallo perdida otra vez. Dónde superé el silencio que hoy me atraviesa el pecho. Dónde disparó el engaño en el que vivo.
Dónde acaricié la risa por última vez. Dónde estrangulé mi ser. Dónde respiré cada amanecer. Si ya no queda más que noche en mi mirada.
Dónde soñé que cada segundo amaba la vida. Dónde asfixié la luz que me arropaba. Dónde despertaron mis puñales. Dónde acechaba el fantasma.
Que cuando se diluye el último Newton, no hay Julios que recorran tus labios. No hay rincón ni guarida ante los hachazos de tu mente. Solitarios sin respuesta. Vencidos en la muchedumbre de virtuales anécdotas.
Que cuando quema cada latido y añoras (no) haber vivido, cada error es un peso constante. No hay piruetas que regalen sino reliquias pasadas. Que el abismo te atrae cada vez con más ansia.
Que cuando respirar resquebraja el alma y cuando las palabras rompen tu voz, te ahogas en la culpa y desazón. No hay manos que resuciten mi condición. Y siempre será así, dejándome llevar en plena maratón. Arrastrada en la inercia caminando hacia una muerte en vida.
Borracha de oscuridad. Desangrada de color.
Sin fuerza. Sin aliento.
Sin ganas. Sinrazón.
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