Que solo soy los sueños que viven en mí, las palabras que dije y las que callé, insegura de no poder, incierta sobre mis pasos. Me voy dando un traspiés.
La chica que escribía, la que componía y la que bailaba por la calle como si fuera un videoclip. Soy lo que nunca sabrás.
Te llamaré Coincidencia. Pequeña o maldita, es igual. Mismo tiempo y mismo lugar. Miradas en un compás. Lluvia fina que empezaba a mojar.
Se cruzó un mundo, sin darme cuenta. A los meses cambió el rumbo. Olía a tormenta. Truenos que tentaban, nunca hubo rayos.
Poco a poco me fui percatando, de que ya no era verano, ya no había bullicio en las calles ni música en el barrio. Poco a poco me fui desgranando sin llegar a nada, pisando charcos.
Llegaba otoño, las hojas se despegaban entre los suspiros agónicos del estío. Allí en medio, solamente quedábamos mi imaginación y yo.
Mi nodo seguía palpitando cuando coincidía el momento. La dopamina me arrastraba a un enter que no debía pulsar. Y al final era un pentagrama sin tonalidad, dejándome llevar por mis palabras, en el mar de la realidad. Quizá algún día te confiese mi verdad.
Que me perdía en esa voz, que sucumbía a una risa inocente y buceaba en esa luz irisada. Que habría sucumbido a una copa contigo, que habría jugado mis cartas aunque no tuviera ningún as.
Que me tocaba perder, pero quería saltar. Que me encontraste tú, y me perdí yo.
Pero fue la hora de marchar, porque ni este era el momento, ni yo ocupaba tu lugar.
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