Aquel portazo dejó aturdidos los recuerdos. Jamás pensó que hubiera tantos detalles escondidos. Tantas palabras preparadas en la recámara. Y tantos pasos premeditados en aquel dulce vals.
Su piel se estremeció al revivir aquellos rayos de sol. Un verano causal disfrazado de casualidad. Sueños diurnos tan tangibles como el fuego. Distancias rebajadas sin temor.
Aquella flor iba alzando su vuelo. Y el terremoto atravesaba sus dos cuerpos cada vez. Sus miradas ardían. Mil sabores coloreaban las horas. El viento soplaba aún muy lejos.
Fueron dos perseidas entrelazadas en un vértice de paz. Dos sombras. Un escenario mágico. Dos luciérnagas. Baile celestial.
Aquella última luna agridulce escribió un punto para coger aire.
¿Punto y final?
Puntos suspensivos....
Punto y aparte.
La saga seguía. La ruleta revolvía la nostalgia. Rutinas separadas. Indescriptible. Invisible aquel hilo zurcido entre sus almas. Dos nodos rimando sin saber qué. Sin saber cómo, ni por qué.
Y aquella luna cambió mil veces de traje hasta arroparlos otra noche en simbiosis. Que él curaba su invierno. Que ella revivía su verano. Y un paso más al borde de la incertidumbre. Que él silenció sus pensamientos. Que ella despertó su sonrisa. Memorias de miedo. Melodías y los meses que sucedieron.
La puerta se había cerrado de golpe. Deseaba que sus brazos anudaran su cintura. Que su aliento desordenara su pelo. Deseaba que las cosquillas fueran su filosofía. Creando un nuevo mundo. Deseaba encender su vida cada mañana. Que ahora estuviera ahí su espalda.
Deseó. Con todas sus fuerzas. Y se giró. Allí estaban esos ojos donde quería ahogarse cada día y cada noche. Mirándola...en la fotografía.
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